El joven montaraz amante de la naturaleza
salta sobre la yerba verde y brillante, sintiendo el fragante aroma de los
claveles en flor, avanza con el júbilo de los que han alcanzado los elíseos,
Helena lo espera al otro lado del campo de flores, y danza en círculos
alrededor del sol, como si el astro rey danzara con ella, Talo y Helena se
encuentran ahora dentro de una cueva, cubierta por las hojas de los helechos
que la cubren como un cómplice escondite que permite a la lascivia convertirse
en caricias impúdicas...
Los labios se encuentran en el cieno de la
oscuridad, una mano va a un seno, que es acariciado de todas las formas, en círculos,
de arriba a abajo, jalado, chupado, y otra mano toma sus posaderas como quien
asiste unas buenas sandias, mientras las respiraciones se agitan y las lenguas
se acarician de forma obsesiva. Talo muerde el cuello virginal de
Helena sin piedad, siente deseos vampiros de su sangre joven y ardiente,
y Helena manda reciproco gesto, pero esta vez Talo Chilla, ella ríe, y su
carcajada se escucha siniestra en las paredes de la nave del reino de hades, el
vuelve a gritar "Basta Helena, ya no es sensual", y ella suspende a
sus risas, sus piernas que lo habían amparado como la dulce madre al neonato están
ausentes de él, y llenos de miles de brazos que la tocan, pero ya no la excita,
se desfigura la cara cuando una luz cruza por casualidad, y solo puede ver un
nido de serpientes, y el cuerpo de Talo desfigurado por los cardenales
inflamados de cada mordida que le han propinado, ella comienza a sentir tales
picazones, agonizando en un marasmo de locura y dolor, las serpientes se han
amparado en el amor clandestino, y ahora son prosperas sus santas panzas que
recibieron los dictados de su corazón...
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