Dejar una medicina a la que se
acostumbra el cuerpo es como estar aferrado a la orilla de un río caudaloso y
tener que pasar al otro lado, las posibilidades de éxito parecen tan ínfimas, y
este parece tan frío, turbio, salvaje, inmenso, lejano, que lo que se espera es
morir a la mitad del camino, no espero que lo entiendan todos...
Pero si algo genera real frustración es
devolverse a mitad del camino con los pulmones llenos de agua y los miembros
cansados por el esfuerzo de la angustia, la orilla no es un lugar seguro, y hay
que salir de ella, no se puede enamorar uno del tronco húmedo que sostiene la
vida frágil por unos minutos, horas, días o años, pero ahí estoy, abrazado a
una pequeña esperanza de poder vivir sin sobresaltos, ¿qué hay al otro lado?
promesas de salud y bienestar, el náufrago siente que pierde el tiempo, pues no
ve la otra orilla, no divisa paraíso ni tierra prometida, en ocasiones al
llegar cerca a la orilla, las hojas de los arboles verdes repletos de frutas se
dejan caer con un aroma tranquilizante, pero hasta ahí la cosa va bien, toma
fuerza de voluntad, animo, un poco más, el problema es que cualquier
esfuerzo infructuoso puede dirimir en muerte, enfermedad, más riesgo, y luego
en una prolongación del intento de cumplir los propósitos...
El paciente de ansiedad tiene el propósito
de dejarla, algunos le dicen que está mejor sin ella, que eso fue un invento
para tenerlo sometido, pero nadie ha sido expulsado al abismo gélido como el
ansioso, él se concentra en la oscuridad mientras el sol le quema la piel...
Yo espero ver más allá de la otra
orilla...
No hay comentarios.:
Publicar un comentario