El primer encuentro personal con la
enfermedad mental fue a mis tiernos nueve años, Mi madre viajaba todo el tiempo
a Medellín, a Ecuador, a muchas partes, haciendo excursiones, para poder
sostener a la familia, así que casi siempre teníamos una niñera, ese año
contrato una mujer rubia, de gafas, simpática, cariñosa, de ojos soñadores, no diría
que me enamoró, pero me cautivo, jugaba con nosotros, nos seguía la corriente,
charlaba con Paola y conmigo, me cargaba, estaba feliz, quería que ella
siempre estuviera ahí.
Pero a la siguiente semana, ya no volvió
mas, mi mama no fue muy delicada para contarnos el asunto, "la niña que venía
a cuidarlos ha enloquecido, esta interna en el psiquiátrico, no volverá a
hacerlo" yo me asusté mucho, pensé que era una desgracia que una mujer tan
hermosa, tan pura, tan tierna, tan digna, hubiera sucumbido ante tal desgracia,
para mí la locura era símbolo inequívoco de muerte, de limitación, de desgracia
absoluta, por primera vez me sentí afectado por lo que le incidió a alguien
cercano, me sorprendo pensando en que habrá sido de la vida de aquella hermosa
niña, cual sería su diagnóstico, ¿habrá logrado aprender a llevar una vida
controlada? ¿Se habrá casado?¿habrá tenido hijos? ...
Nos enseñan que los pacientes psiquiátricos
son personas peligrosas, cuando más, inútiles, gente que no puede aportar nada
bueno a la vida, que ellos están lejos de poder experimentar alguna conexión
emocional con las personas del común, pero yo no he olvidado a esa persona, la
tengo en mi mente, y me gustaría pensar que está bien, que está mejor, Que esa
persona ojala percibiera todo el amor que le profese de niño.
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